Fuente: www.turiorsmo.org
Los dilatados paisajes de la Castilla de las llanuras encuentran su fin en La Bureba y, como siles costara decir adiós antes de adentrarse en la montaña, todavía ofrecen en esta pequeña cuenca un escenario de imaginaciones. Esta comarca se extiende al noreste de la provincia de Burgos, con unos límites precisos. Por el norte, el límite natural son los Montes Obarenes y los páramos de Masa-Sedano, que también la cierran por el oeste; por el sur la Sierra del Alto de las Cruces, La Brújula y los Montes de Oca; y por el este es el valle del río Tirón el que facilita el contacto natural con La Rioja. En este sector no hay discontinuidad de materiales ni cambios bruscos de altitud. El único contraste que se produce es que el paisaje cerealista burebano deja paso a otro marcado por el viñedo en tierras riojanas.
Es La Bureba un territorio llano, de amplios horizontes, cerrado por el borde meridional de la cordillera Cantábrica, que se levanta como un telón de fondo nítido y continuo desde Oña hasta Pancorbo, cuyo desfiladero adentra al viajero en la montaña. La Bureba nace como expresión de una región natural con matices y carácter distintivo frente a lo accidentado y montañoso. El carácter de llanura es predominante, únicamente su extremo occidental -Poza de la Sal y valle de Las Caderechas- es accidentado. El descenso de altitud -600 a 700 m- respecto a las llanuras de Castilla la convierten en la antesala de La Rioja y pasillo a la depresión del Ebro.
Se trata de una comarca geográficamente bien definida cuya personalidad se basa en una serie de caracteres.
Desde épocas históricas, el valor geográfico que distingue a La Bureba es la identificación con el sector llano que se extiende a los pies de los Montes Obarenes. A esa condición física de tierra, baja y plana se une una valoración distintiva de la montaña, puesto que sus suelos son más fértiles.
Por sus materiales terciarios contrasta de modo claro con la orla mesozoica que la rodea. Tiene las características de una fosa tectónica que se ha rellenado con los depósitos sedimentarios que la erosión arrancó de sus bordes, desde el Oligoceno hasta el Mioceno. La aportación principal es de la Sierra de la Demanda, en un régimen endorreico durante el cual se depositaron arcillas rojas, yesos y calizas, con potentes sedimentos de conglomerados en las áreas inmediatas a los bordes de alimentación. Sobre esta cuenca han actuado los afluentes del Ebro, los ríos Homino, Oca y Oroncillo que, con un nivel de base muy próximo, tienen gran poder erosivo y han labrado valles amplios y muy abiertos, con la práctica desaparición de los interfluvios.
Una larga y peculiar ocupación histórica explica la fuerte personalidad de su poblamiento, con muchos núcleos, muy cercanos entre sí. Esta unidad territorial aparece como un lugar de asentamiento de los repobladores más que como un escenario bélico. La Bureba nace como entidad política, señorial y de frontera, con carácter subsidiario respecto a Castilla la Vieja. El Condado de la Bureba sirvió para forjar los primeros lazos de unidad entre las tierras llanas y abiertas, situadas al sur del río Ebro, más allá de los Montes Obarenes que constituyeron el límite de la primitiva área de expansión. Desde el siglo XII se define como una merindad, la Merindad de Bureba, superpuesta al condado, y se mantiene así hasta el siglo XVIII. Este vínculo unió a múltiples pueblos, en los que el determinativo “de Bureba” es un recuerdo de su pertenencia a esta merindad y convirtió a esta región en una entidad histórica con mucha personalidad.
Por último, una característica relevante es el largo periodo de ocupación y utilización del suelo dedicado en exclusividad al cultivo del cereal que, además de haber dado fama a La Bureba por su riqueza agrícola, le otorga una gran uniformidad en su fisonomía, al convertirse el cereal en el elemento dominante del paisaje. Un paisaje, en el que sobre su ciclo cromático anual -terroso, verdey dorado- destacan, como auténticos tesoros del románico burgalés, numerosas iglesias - Abajas, Castil de Lences, Hermosilla, Aguilar de Bureba, Soto de Bureba, Navas de Bureba o Valdazo-, pequeñas y hermosas ermitas -Nuestra del Valle en Monasterio de Rodilla o San Facundo en Los Barrios de Bureba- y el Monasterio de la Asunción de Castil de Lences, que es también testigo de una prolongada espiritualidad. Las monjas clarisas, además, con su dedicación a la restauración de telas y bordados artísticos, son una referencia de gran valor en la salvaguarda del patrimonio cultural.
En este paisaje humanizado, de tierras de cultivo y núcleos de población, hay innumerables presencias de un poblamiento romano, sobre todo en dos lugares, Briviesca y Poza de la Sal. Briviesca, fue un centro con gran importancia en la red de caminos del Imperio, como punto de bifurcación de varias calzadas que seguían los caminos naturales: el camino de la Castilla del Duero - la calzada de Astorga por Monasterio de Rodilla, la Tritium romana-, el camino de La Rioja y del valle del Ebro -la calzada de Zaragoza, por Las Lomas hacia Cerezo de Río Tirón, Segisamunculum en época romana- y el camino del norte por Poza de la Sal, la llamada Flavia Augusta por los romanos.
Desde comienzos de la Reconquista esta área fue repoblada por campesinos, pequeños nobles y eclesiásticos, que se aglutinan en pueblos cuyo centro funcional es la iglesia. La multitud de entidades que definen el poblamiento burebano se debe al carácter originario de la repoblación. La falta de emplazamientos de tipo defensivo en La Bureba y la existencia de emplazamientos abiertos demuestra que no existió preocupación militar. El eminente sentido rural y pacífico de la repoblación es evidente. De hecho todos los pueblos presentan un plano irregular, en el que las casas se agrupan alrededor de la iglesia, de la fuente o del camino.
Existen algunos ejemplos interesantes de disposición lineal, de plano itinerante o caminero, como se puede ver en Cubo de Bureba, en Pancorbo -importante villa caminera- o Briviesca. El plano de Briviesca corresponde a un modelo ortogonal de calles rectas y casas de igual altura. Es una puebla nueva, en el valle del Oca, en una excelente situación donde se cruzan los caminos que se dirigen a Castilla, a Santander por Oña, al país vasco por Pancorbo y a La Rioja por el valle del río Tirón. Este plano regular, que responde bien a su carácter de ciudad planificada, ha sido puesto en relación con el de las bastidas navarras. La situación geográfica de Briviesca la convirtió en un importante hito del Camino de Santiago en la Edad Media y, actualmente, es también su carácter de cruce, de contacto, el que permite que sea un pujante núcleo industrial y un importantísimo centro de servicios.
En el extremo occidental de La Bureba tienen gran significación morfológica los fenómenos de diapirismo, en relación con un sistema de fallas que bordea la cuenca, desde Poza de la Sal y el sector de Salinillas hasta Monasterio de Rodilla. Las fallas han facilitado la perforación de potentes espesores de sedimentos cretácicos sobre los que se han abierto paso las margas salinas del keuper y materiales volcánicos como las ofitas. Estas margas han sido fácilmente erosionadas originando depresiones diapíricas características, en las que se puede extraer la sal. Es especialmente espectacular e interesante el diapiro de Poza de la Sal.
Fueron los romanos quienes organizaron la explotación de las salinas de Poza mediante un complejo sistema de pozos y galerías por los que se inyectaba el agua de los arroyos para que se cargara de sal. La muera, después de pasar por una extensa red de estrechos canales, se extendía en eras de escasa profundidad para facilitar la evaporación del agua y la precipitación de la sal. Aunque ya no están en funcionamiento, los restos de estas construcciones, oportunamente restauradas, permiten comprender con facilidad el ingenioso método empleado para la obtención de la sal gema.
Además del interés geomorfológico y paisajístico del diapiro, es el lugar ideal para observar diversas aves, sobre todo rapaces, como el buitre leonado, alimoche y águila real, que anidan en las crestas quebradas de este diapiro.
Entre Poza de la Sal y Oña, al sur del sinclinal de Valdivielso, por el que discurre el Ebro, se abre un estrecho y pequeño valle recorrido por el río Cantabrana hasta su unión con el río Homino. Es el valle de Las Caderechas que, con sus diez pueblos -Aguas Cándidas, Hozabejas, Río Quintanilla, Rucandio, Herrera, Huéspeda, Madrid de Las Caderechas, Ojeda, Quintanaopio y Cantabrana-, está en el límite de tres unidades diferentes: las parameras de La Lora, el valle de Valdivielso y la depresión de La Bureba. Lo cierra por el norte y por el oeste una alineación de crestas calizas que lo protegen de los fríos vientos del invierno y lo convierten en una zona apropiada para la explotación de frutales, en especial manzanos y cerezos. Los ciclos de la naturaleza encuentran en este lugar la representación más delicada y exquisita que se pueda imaginar, sobre todo en primavera, cuando los frutales están en flor y este valle se convierte en un llamativo y hermosísimo paisaje. El valle de Las Caderechas es un lugar muy especial y diferente de La Bureba. Un conjunto paisajístico en el que se combinan la arquitectura popular, los campos de frutales y los bosques naturales de quejigo, encina y pino, en los que se refugian corzos, ardillas y jabalíes. El grado de belleza y emoción que depara el paisaje de estos valles puede ser tan profundo que resulta forzosamente imposible de olvidar. Y es que, lo que sucede en estas tierras es como un guiño, que puede considerarse excepcional hoy día, pero que antes era muy habitual: el trato amigable al forastero, la hospitalidad y la capacidad de compartir pan, fruta, y conversación.
B.B.